martes, 19 de julio de 2011

El Profesor


En una habitación pequeña y atiborrada de cosas, la cama es la propiedad más notable y está justo en el centro; como protones y neutrones de un anacrónico modelo atómico. En ella duerme un hombre que aparenta estar en una eterna condición de adolescente, un Man-Child.

Hay un pequeño librero barato y de dudosa calidad; tupido casi a reventar de libros. Hay viejos, nuevos, robados, comprados, regalados, prestados, nunca devueltos, atesorados, leídos, a medio leer, abiertos, marcados, olvidados, re-visitados, algunos cuidados, otros maltratados, con hongos, de filosofía, ciencia ficción, poesía, mecánica cuántica, algunos entendidos, otros para aparentar erudición, para sobar un magullado ego, un Corán (en español no es el Corán, nunca lo será; es y siempre será - ante los ojos de un fundamentalista - una interpretación), sobre 3,000 páginas de Proust, un centenario Quijote, Beats, Allan Moore, Kierkegaard, una incomprensible sinópsis heideggeriana, un flaco y amarillento Unamuno (su primera experiencia con el existencialismo), Gaarder y su Sofía descansan encima de un 2666, Huxley pillado entre un Derrida ignorado y un idolatrado Mito de Sísifo (Camus fue el protagonista de una surreal fantasía sexual en su adolescencia), un Idiota, una compilación bilingüe de poemas de Baudelaire (a medio leer), un Bukowski dos veces devorado y en inglés, cuentos borgianos...

La vejiga del hombre es el reloj despertador que cualquier relojero —ya sea uno suizo o el mismo Einstein— quisiera poder fabricar. Su exactitud y precisión son impecables. El reloj somático ya ha 'sonado' tres veces: una a las seis de la mañana, otra a las 12 del mediodía, y ahora a las tres. Él lleva seis semanas sin salir de su casa, y muchas más sin atender su aseo personal. Un día en su vida, según él lo percibe, es una semana en la de cualquier otro. Cuando ya no quedan muchas ganas de vivir, los días son más largos. Una broma de mal gusto, vía el constante girar de un planeta al que le tiene todo el desprecio posible. Sin embargo, lleva como un mantra un bello aforismo borgiano: "El tiempo es una necesaria perplejidad."

Al lado derecho de la cama se encuentra una mesa de noche con un amplio registro de ansiolíticos, anti-depresivos, inmunodepresores, marihuana y el talonario del último cheque de su trabajo: $96.47 por 14 horas trabajadas. El trabajo fue una fugaz condición de proletariado que se hizo insoportable.

Tragó amargamente la humillación por una minúscula fracción de tiempo, en comparación con las múltiples décadas que su noble padre soportó: "Gané el dinero suficiente para abastecerme de lo que necesito." El dinero ganado con su cuerpo tiene un uso diferente al que su padre le dio 30 años antes. Fue un remedio financiero para atender las exigencias inmediatas de la sobrevivencia, ya que perdió su respetada posición como académico.

Sentado en la cama, y sintiendo una fuerte presión de fluidos en su vejiga, abre un cajón de la mesa de noche y saca una caja que simula una Biblia Gutenberg del s. XV. La Biblia guarda una pipa Peterson de medio siglo de antigüedad (que ya contenía yerba) y un encendedor de plata con un grabado latino que lee: "Lux Æterna". Toma la pipa y la enciende. Da una fuerte inhalación y aguanta el humo en sus pulmones. Lo aguanta todo el tiempo posible, aunque el efecto narcótico de la planta no es el mismo. Ya perdió su llamativo y brillante color verde. Desaparecieron los cristales, producto de técnicas hidropónicas, y la pegajosidad resinosa se evaporó — todas estas deseables señales de calidad. Le llaman Wake and Bake a lo que acaba de hacer. Pero él sabe que nada tiene que ver con despertar. El cínico rito cuasi-sacramental satisface, de forma incompleta, sus pulsiones mágico-religiosas.

Una vez el contenido del humo inunda su sistema, se levanta de la cama y se dirige al baño. El eco de sus desechos fluidos reverbera y acaricia la superficie curva de la taza: "Cuando meo hago música." Termina de mear. Se dirige a la sala de su hogar —un anejo audiovisual a su cuarto/biblioteca— y con una vacua expresión en la cara se deja caer un polvoriento sofá.

El hombre se encuentra rodeado de textos. Este hecho hace notable su soledad: una suerte de auto-indulgencia misantrópica, acompañada por las voces de Kinsky, Jodorowsky, Delon, Mifune, Bardot, von Sydow... En fin, una larga lista de sujetos que son objeto de la cámara, ese ojo perfecto que también es la garganta de poetas como Kurosawa, Herzog, Tarkovsky, Bergman, Kubrick, Godard, Buñuel, Zulueta, Arrabal... Su casa pudiera ser la cueva de un ermitaño, o el Olimpo de dioses que crearon universos con celuloide, luz, absurdo, sangre y la condición humana.

El cine y los libros tienen todo lo necesario para hacer de su hogar una utopía de ensueño. Ha logrado conseguir la fórmula perfecta para hacer posible su misantrópica y museística utopía; que también es, paradójicamente, humanista. Él es súbdito y Rey. El Otro no invade su espacio. No hace falta más nadie en su reino. Ha estudiado hasta la saciedad a los ascetas de muchas culturas para poder manejar sus apetitos e impulsos--

"No hay que ser un monje. No son necesarias las artimañas metafísicas, barbarismos o irreversibles mutilaciones para hacerse dueño del áureo reclamo de poetas y chamanes: poder oír a los dioses. Quiero ser Hermes, no un poeta. Sólo quiero escuchar a los dioses. No quiero compartir con nadie sus secretos. Odio mi lengua. Aborrezco los oídos de los otros. Sólo amo el texto."

Al perder su cátedra en la universidad, ya no le queda excusa alguna para tener contacto con la sociedad. Se deshizo de su móvil, la línea terrestre y el internet. Se abasteció de medicamentos. Lo único que lamenta es no tener una fuente continua de la psicotrópica planta.

Aun así tiene todo lo necesario para evitar el contacto con otros seres humanos. Un deseo que estaba planificado para su retiro, pero el rector adelantó su plan. Su desprecio por las demás personas llevaba un aumento a cuenta gotas por décadas; gracias, en parte, a las pretensiones académicas de sus pares — reflejos de sus propias inseguridades. No quería seguir mirándose en los múltiples espejos barrocos de su Facultad. Éstos deforman su propio ser. Reflejaban su cinismo —del cual llegó a sentir orgullo y con el cual disolvió todos sus lazos con amigos y familiares— como una fea payasada, infantiles pataletas, arrogancia, narcisismo...

Sus colegas ya no eran personas. Eran gemaciones deformes de su propia subjetividad. Doppelgängers eruditos, zombis con Ph.D's. Debía escapar del insoportable absurdo que le resultaba su entorno profesional. Sentía un gran desdén por su condición burguesa. Nada le apasionaba y la palabra afabilidad perdió su significado. Ya no hay vuelta atrás.

La soledad y su paladar literario son sus únicos compañeros. Tiene todo para hacer lo que le resulta verdaderamente placentero: fundirse con las letras y el celuloide, diluirse en el lenguaje, y cuando su único placer se desinfle totalmente, gracias a su crónico aburrimiento por todo, llegará el momento oportuno para dejar de ser. Nadie se dará cuenta.