miércoles, 13 de abril de 2011

El misterio del mundo

El autor del artículo colgado a continuación, Jethro Masís (1977, San José, Costa Rica), reside en Würzburg, Alemania. Ha publicado artículos en revistas latinomericanas, europeas, es estudiante doctoral de Julius-Maximilians-Universität Würzburg, y profesor en la Escuela de Filosofía de Costa Rica. Sus áreas de estudio incluyen la fenomenología, metafísica, teoría crítica, teología y un largo etcétera. También mantiene un excelente blog, PhiBLÓgsofo, con una voluminosa cantidad de artículos. Escribe para la Revista Paquidermo una columna llamada Filosofía de Cafetín, en la cual se publica el siguiente escrito:

Quizá hay misterios más interesantes, enigmas existenciales, preguntas últimas, interrogantes insondables, cuestionamientos aporéticos donde todo queda paralizado, donde yace todo aquello que uno se imagina como inalcanzable para el conocimiento humano, como indecible… Es ahí donde, como dicen algunos, faltan las palabras; donde, según el —para algunos— Wittgenstein más enigmático y oracular, sólo queda callar, pues no se puede decir nada al respecto.

Claro, puestas así las cosas queda un poco extraño el asunto, porque —que sepamos— sólo hay conocimiento humano y, si ese es el caso, pues ¿qué podría estar fuera del conocimiento humano? Pero mejor me detengo en este punto antes de que alguien saque el catecismo o su ‘fe’ en el más allá y recurra a inteligencias sobrehumanas, a extraterrestres, a la ‘prueba’ del motor inmóvil que todo lo mueve, a los sentimientos indecibles de su alma o al esoterismo. El punto es el siguiente: para mí el misterio más grande que existe es otro. Y lo voy a exponer en este artículo. Así como lo está leyendo, estimado o estimada lector o lectora. Agárrese a su asiento: Voy a develar el misterio más misterioso del mundo, el mysterium tremendum et fascinans —por soltar un latinajo macarrónico—, que no es la esencia de la divinidad, ni la vida después de la muerte, ni el origen del universo, ni la materia negra, ni los métodos para salvar el alma del infierno, ni la correspondencia de las palabras y las cosas, ni nada de eso. Ninguno de esos cuentos de niños que, por cierto, usualmente se demoran en la cabeza de los adultos para que, precisamente, no piensen lo que realmente es misterioso. Les voy a explicar lo que es misterioso de verdad.

El misterio de este mundo es, sin duda, una complicidad inexplicable. Digo acá inexplicable, no en el sentido de que no se pueda explicar —existen, de hecho, explicaciones excelentes de este fenómeno tan complejo—, sino en el sentido de que es algo inaudito, puesto que se trata del mecanismo extraño mediante el cual las víctimas se identifican con sus victimarios. Pero no estoy hablando del síndrome de Estocolmo, aunque, ahora que lo digo, es algo parecido, sólo que de dimensiones más amplias. Se trata también de una complicidad inaceptable y de una barbaridad.

Se trata, por una parte, de una falta de conciencia o, dicho de otra forma, de una suerte de autoengaño, de una mala interpretación de uno mismo. Lo ha dicho Luis Chaves en ‘Escazú rica’, breve texto que pertenece a 300 Páginas, ese cómico vistazo a la cotidianidad costarricense. La falta de conciencia de clase del costarricense: “La de los ricos que lo primero que dicen es que todos somos iguales. Y la de aquellos que, debajo de los ricos, creen que basta con ir a las mismas tiendas, tener carros sucedáneos y comer en algunos de sus restaurantes, para contagiarse un poco de los ricos”. Hay quienes creen que, si se esfuerzan lo suficiente, llegarán a ser ricos y que la pobreza es, no un problema estructural, es decir, algo provocado y necesario, sino un mal superable y transitorio. La suerte del salado y del vago, una etapa previa que funge como antesala del desarrollo. Por eso, los países pobres y horriblemente atrasados se dejan llamar a sí mismos naciones en vías de desarrollo, porque, supuestamente, el desarrollo es posible para todos y bajo las mismas condiciones de la actualidad y algún día todas las ciudades serán como Nueva York. Si no logran el desarrollo, esas naciones deben ser tenidas por culpables. Son, bajo esta lógica, ‘mediocres’, pero si fueran ‘excelentes’, otro escenario muy distinto podría surgir. Hay que tener esperanza en algo, precisamente, imposible materialmente. Pero no importa, sigamos teniendo esperanza. Qué feo lo contrario.

Con todo, no sólo es algo que se inscribe en el registro del pensar, es decir, no solamente se trata de pensarse mal o de interpretarse mal. Dicho de otra forma, no sólo se trata del saber, sino también de una forma de sentir, y de hacerlo mal. Como ha dicho Helio Gallardo en Fenomenología del Mestizo, “sentir es una forma de saber”. El nivel del sentimiento, por tanto, se inscribe dentro de una nómica particular, la de la disposición afectiva, que no ha de tenerse por mera equivocación teorética, sino que resulta fatal (es el peor de los yerros) y quimérica en cuanto a la propia vida. Quienes se imaginan mal, es decir, quienes ficcionalmente se sienten como lo que no son, quienes así se saben erróneamente, no sólo niegan su origen y terminan por erigir consecuentemente rituales de muerte metafísicamente exteriores, ilusos y deshistorizantes (uno de cuyos ejemplos más expeditos, y perversos, es quizá la macabra celebración en todas las escuelas costarricenses de educación primaria —por dictamen gubernamental, por cierto, acometida por los ministerios de educación de turno— del genocidio de los pueblos originarios de América, pero ahora resemantizado bajo el eufemismo descarado de ‘encuentro de las culturas’), sino que también viven mal: viven imaginando, en efecto, la aspiración a una meta no factible ni realizable; viven negándose y anulándose, esto es, viven sin conocerse, falseándose constantemente a sí mismos. Negarse en este sentido, imaginarse como quien no se es ni como se podría ser, es una práctica nihilista y autodestructiva. Se trata de la sensibilidad falsa que Gallardo ha denominado, en la misma obra citada (una de mis preferidas del autor), “espiritualidad de los perros”.

El fenómeno, que a mí me parece más misterioso pero por inaudito, tiene muchas dimensiones, es decir, es complejo, y se sostiene de una inmensa maquinaria institucional y propagandística, que algunas veces llamamos educación, televisión, sentido común, incluso a veces la Razón. Prodiguemos ejemplos. Que un sinnúmero de personas crean la retórica de los políticos de turno, siempre ricos y de las clases más opulentas, de que lo que más les preocupa es proteger a los débiles y velar por los pobres del país, es ya suficientemente elocuente por sí mismo. Pero lo que resulta mucho más incomprensible es que se los violen día a día en frente de sus narices, que los actos de abierta corrupción de las clases más opulentas no sean nunca objeto punible del supuesto ‘estado de derecho’, sino a lo sumo de escándalos mediáticos y de shows televisivos, que se los lleva el viento cuando un evento realmente trascendente para la historia, como un partido de fútbol, inunda la programación de la semana; que el mismo derecho funcione solamente a favor de los millonarios, y que las cárceles estén llenas de pobres diablos miserables, víctimas, a decir verdad, de condiciones paupérrimas de vida y de una violencia estructural inducida. El resentimiento produce monstruos, la desigualdad produce criminalidad y, como el frío no está en las cobijas, ni aunque hubiera un pelotón de policías en cada esquina entrenados por He-Man y los Amos del Universo podría hacerse frente a esa ‘inseguridad ciudadana’.

Más misterioso aún es que quienes están obligados a acostumbrarse a vivir con lo mínimo, le den pleitesía a un Dios invisible y admiren la bondad de sus explotadores; que conformarse con las migajas caídas de las mesas de aquellos que tienen en abundancia suficiente como para despilfarrar, sea lo normal y merezca un ‘gracias a diosito’, y no el justo motivo para la cólera. Pero —en esto el lector o lectora seguro estará aún más de acuerdo conmigo— es muchísimo más misterioso, es lo recóndito a la décima potencia, el que la gente tenga un sinnúmero de opiniones sobre el más allá y sobre las consecuencias de ese más allá en el más acá, el que, no sólo se afanen en descubrir el plan de la divinidad para sus vidas o el nombre de su ángel de la guarda, sino que se ofendan cuando se trata de ponerlos en razón y de hacerlos descender a esta tierra de mortales, cuando se les confiesa que a uno, en realidad, no le interesan mucho esos pretendidos secretos del alma ni esas otras supuestas vidas allende la meramente humana, porque, eso sí, lo más misteriosísimo de todo es que esa misma curiosidad por las cosas arcanas no alcance como para hacerse preguntas que —diría yo— resultan tanto más básicas y cruciales y que nos involucran a todos desde la coronilla hasta los pies, es decir, en el nivel más básico y material de nuestras vidas: ¿Cómo funciona el sistema monetario? ¿Quién, por la puta, puede tener el derecho a crear dinero? ¿Quién crea el dinero? ¿Quién imprime los billetes? ¿Bajo qué reglas? ¿Y por qué nadie habla de esto?

Todo es muy complejo, dicen algunos, como para que uno ande suponiendo que algunos mueven los hilos de la historia. Suponer que el mundo tiene dueños con nombres y apellidos es, según le espetan a uno típicamente, dejarse llevar por la tentación de las teorías conspirativas, y a esos uno no los convence ni con el Memorandum Casas-Sánchez ni con la revelación de los cables de Wikileaks que aún no han sido desclasificados. Es decir, ni pillándolos con las manos en la masa cuando se descubren, en efecto, planes conspirativos diseñados y puestos en práctica a la perfección, uno logra convencerlos… porque siempre se puede decir: esos son casos aislados y de ‘corrupción’, no se puede generalizar. A ver, ¡pruébelo! Hay políticos de buen corazón.

Eso sí, no todos son religiosos. Algunos son más sofisticados y, entonces, son más pronos a la ciencia ficción o al cientificismo (que son, a decir verdad, bastante similares). A esos los afana embrollarse en esotéricos debates sobre la entropía y la materia negra. ¿Seremos capaces de superarnos a nosotros mismos en el cyborg? Quizá podremos construir un universo alternativo si trabajamos desde ahora en inteligencia artificial, como ha afirmado Marvin Minsky en una entrevista vituperable y fantasiosa. Pensar en construir un universo alternativo está permitido, pero eso sí, la imaginación se acaba cuando se trata de pensar un mundo mejor, un mundo sin contradicciones tan insoportables, un mundo donde un porcentaje ridículamente pequeño de la población total no sostenga su nivel de vida gracias al trabajo esclavo de la mayoría, y esto a costa de una probada destrucción del planeta. Imaginarse lo contrario, es comunismo, satanismo, stalinismo, chavismo, maldad pura y llana, y si no, mera inmadurez adolescente. Pensar en el diseño de inteligencia artificial para la futura construcción de un universo alternativo sin entropía le merece a uno una cátedra en el MIT. Eso sí que es proponer; eso sí que es pensar y decirle sí a la vida; no como esos eternos negadores de todo que no proponen nada. ¿Pensar en la liberación de las mayorías? Eso es colectivismo, ingeniería social totalitaria. Porque claro, el inaudito y escandaloso rescate de los bancos que acabamos de presenciar, eso no es totalitario, eso se llama democracia. Eso no es inmundo: es limpio, porque nos informó CNN. Y además nos llena de orgullo que un negrito nos lo venga a anunciar. Cómo hemos avanzado. Hay que saber hablar y entender las cosas. Usar el lenguaje correctamente, porque democracia es cuando gana un blanco rico algún torneo electoral. Ese está apoyado por el estado de derecho, y aunque ha invertido millones, que vienen de quién sabe quién, en campañas publicitarias televisivas (dinero que debe pagar en especies, es decir, en la forma de favores cuando, efectivamente, alcance la silla presidencial), cuando, en el caso inmundamente contrario, un indio malhablado que no ha estudiado en Chicago y quien, además, gana en un país donde la mayoría de la población es india, a eso sólo se le puede llamar populismo. Qué horrible. Hay que saber comprender las cosas. Asesinar a cientos de miles de iraquíes en una guerra preventiva… eso se llama impulsar la democracia, predicar las buenas nuevas, y erradicar del mundo a los malvados. ¿Genocidio? Eso es cosa de Hitler y de los países tercermundistas, donde no hay derechos humanos. Esos suicidas que se inmolan con bombas, no están cegados por el resentimiento y la humillación, no están vengando la sangre de sus familias masacradas. No: esos son locos y terroristas, y van directo al infierno con Satanás.

En fin, este texto puede hacerse infinito, porque podríamos prodigar los ejemplos, tan cotidianos que los vemos todos los días en los medios de comunicación. Pero en todas sus formas, en todos sus matices y dimensiones, lo más misterioso del mundo, es decir, lo que a mí al menos me parece más incomprensible pero por inaudito, no es más que todo aquello que se encierra en el término de la teoría política IDEOLOGÍA, a saber, el ‘así-es-la-vida’, confórmese, no hay nada más, no sea fantasioso, no sea inmaduro, sea realista, crezca, eso es utopía, porque el hombre (sic) es naturalmente (sic) egoísta. Les tengo una noticia: lo verdaderamente utópico es ‘pensar’ (sic) que este mundo bajo su sistema destructivo puede continuar así para toda la eternidad.