miércoles, 1 de septiembre de 2010

Ego/Eco (I):

"I am a little boy. Soy un niño pequeño."

Thus spoke the puerto rican
toddler to the american tourist
couple at Luquillo Beach, P.R. (ca. 1984).


Mis padres, ambos "baby boomers", son boricuas de clase trabajadora. Mi padre, hijo de un agricultor jayuyano, impresiona y conmueve a mi madre. Mi madre hija de una enfermera ponceña y de un juez de Aguadilla, libera a mi padre del patológico provincialismo rural de la montaña.

A los 21 años de edad, cruzan caminos en una agencia del gobierno. Tres meses después se casan. Eran los setenta, y a los 22 años de edad compran una casa en Trujillo Alto. Se rescatan mutuamente de la incertidumbre existencial que provoca su época.

Mis padres experimentaron genuina pobreza en su niñez, y valientemente lucharon por mantenerla fuera de su hogar. Aún no termina su lucha. La pobreza nunca cruzó las puertas de mi hogar, pero los erector pili de mi nuca sintieron su aliento. Inevitable y desesperante condición para la clase que emerge a partir de la deuda y la esclavitud financiera.

Para ellos, el retiro y el ocio septuagenario no se contemplan como alternativa. Pero mucho menos viable es la alternativa de dejar de luchar. No me sorprende el hecho de que sean mis súper héroes/mártires. No me sorprende el hecho de que para mí resulte más comprensible el sacrificio y el amor de mi hogar que el sacrificio del Gólgota. El amor de mis padres es más tangible y real que el amor de un dios hecho hombre en la Tierra. El amor de mis padres me motiva a tener una paradójica fe en mi concepción secular y agnóstica (a veces atea).

No eran necesarias las historias de Sansón y Dalila. La hipérbole bíblica de la multiplicación de los panes era un hecho normativo y cotidiano en mi casa. El pavor religioso fue reemplazado por una interpretación que ellos le dieron al martirio del nuevo testamento. Era suficiente con una concepción del sacrificio, poéticamente diseñada, a partir de sus realidades.

Llevo como un tótem los cojones metafóricos de mis padres. Llevo como un dharma el amor que solo puede salir de un hogar. El facsímil de rebeldía pubescente evitó reconocer el hecho que para el adulto, consiente del inminente pasar del tiempo, se hace deslumbrante. Me sentí amado y quiero reciprocar mi sentir.

Siete años de matrimonio entre el humilde jibarito y la vivaracha hippie. Siete años sin hijos. La reproducción hace treinta años era una gestión mucho más romántica y noble que en la actualidad; por lo tanto, la visita al urólogo era inminente. Existe la posibilidad de que mi origen biológico sea a partir de una elección entre 'boxers' o 'briefs'. Un cambio térmico, gracias a un cambio de calzoncillos, aumentó la taza de fertilidad de mi padre. También existe la certidumbre de que existo gracias al alquímico deseo que persistió por buena parte de la década de los setenta. Mis padres querían ser padres.

Mi educación elemental, intermedia y secundaria se dio en un colegio católico de Guaynabo City; ciudad que se manifiesta como el cénit del éxito. En ese periodo, Roselló navegó los mangles boricuas con su kayak; disfrazado de Pedro Navajas, The Box pasaba vídeos de 2 Live Crew y se derramaban torrentes de semen pre pubescente. Me enamoré de las ciencias naturales. Me enamoré del mar. Me enamoré de la música. Me 'enchulé' de la idea de estar 'enchula ‘o' lo suficiente como para evitar la vergonzosa condición de llegar al prom sin pareja...

Con un priapismo existencial a partir del complejo napoleónico escolar, comienza la universidad. Adolescente y fálico, quise penetrar una realidad alternativa. Empezó el coqueteo con el 'counter-culture'. Quise construir una rebeldía, adhiriéndome a otras ideologías. El marxismo fue lo más que se pareció a mi realidad doméstica, por lo tanto, fue la adhesión ideológica más natural. Marx me recuerda al Cristo que mis padres me recitaron. Marx suena a música cuando eres de clase media baja y estuviste rodeado de frivolidad y fetiche materialista, producto del entorno dado por un colegio católico de Guaynabo.

En la universidad, tuve mi primera pataleta con las ciencias naturales, pues me di de baja de pre-calculo II (tres veces). Pero me porte bien con las Biologías, particularmente con la Organismal Animal. Los cnidarios (corales) y los mangles (particularmente Rhizophora) me dieron una bellaquera cabrona, siempre amé el mar. Mi sed académica era fundamentalmente positivista, pero ya el síntoma del repudio al razonamiento lógico matemático era perceptible.

El Búho, Bob Marley (ya el reggaetón era un chiste) punk de los setenta, rock clásico, hospedajes, Napster, Matrix (Wachowski, 1999), Zelda 64: The Ocarina of Time (Miyamoto, 1998), el primer 'polvo', el primer 'arrebato', la primera 'borrachera'... Del CUH y de mis primeros años universitarios, me llevo estas memorias.

La rabieta con el razonamiento lógico matemático llego a un clímax en mi tercer año universitario en Humacao. También se empieza a develar un maldito bombardeo inmunológico a mi sistema gastrointestinal que tiene su origen en un críptico ensamblaje genético. Empiezo a contemplar la posibilidad de que la realidad objetiva sea a partir de accidentes cosmológicos, que inciden también en el cosmos intracelular.

Una nueva oscilación existencial me trae a la iupi. Ya el priapismo esta mas aliviado, pero aun persiste. Llego con una dosis de incertidumbre representada por preguntas como: ¿qué voy a hacer?, ¿quién soy yo? Estas preguntas encontraron respuestas en nuevas condiciones que nunca había experimentado. Reconocí que lo que tenía que hacer era amar y tratar de ser amado por una vestal del Yunque.

La poesía involuntaria de un vaivén de caderas y el terrible colapso de las Torres Gemelas fueron mi bienvenida a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. La imagen de personas saltando al vacío desde un piso 75, y los ojos de la que yo quería que fuera mi novia, fueron los mementos más impactantes. El comienzo del resto de mi vida era inevitable.

Me enamoré por primera vez de una mujer, y por primera vez me di cuenta de que el absurdo no se limita a mi experiencia. El absurdo de la existencia era todavía más dramático para las personas que murieron el 11 de septiembre del 2001. Los milenios siempre se inauguran con el verter de sangre….