miércoles, 25 de agosto de 2010

Reseña: {Alamar | González-Rubio | 2009}

La Coorporación de Cine de Puerto Rico, en conjunto con El Museo de Arte de Contemporáneo, presenta una serie de películas - artísticas, independientes e internacionales -  libres de costo. Se exhiben películas diferentes dos veces al mes, los miércoles y jueves. Los filmes del mes se presentan en la sala de proyección del MAC, miércoles a las 7:00 pm, y jueves en Ballajá, a las 9:00 pm. Ya sea por auto-exclusión misantrópica, por el aparente hermetismo de una colectividad burguesa y contemporánea, o por mi condición de pseudo burgués de clase media baja, me mantengo al margen de actividades como estas. Sea cual fuera la razón, me perdí las películas anteriores. Llegué tarde a la fiesta de masturbación de ego que es fácilmente perceptible en Fine Arts Café, La Respuesta, o en las calles de Williamsburg, NYC. El MAC estaba lleno de 'jipstels' (acuñada por @Arturo_Ulises).

Un miércoles me levanté de la cama y decidí que era un buen día para caminar desde la Calle Fuerte en Santurce, hasta el Cementerio María Magdalena de Pazzis en el Viejo San Juan. De camino por la Ponce de León recuerdo el meme 'café de Jayuya cerca del Museo'. Gracias a mi padre, cualquier oración que tenga a Jayuya como una de sus palabras me obliga a recordarle musicalmente. Por lo tanto, decido entrar al establecimiento, ya que también empiezo a apreciar el epicúreo placer de tomar una tacita de café - le debo mi nueva apreciación, o potencial vicio, a mi esposa. Con una taza de café, un sándwich, una botella de agua, 35 páginas leídas de un libro y el iPod en ‘shuffle’, me tiro el viaje hasta el cementerio.**

 Justo al lado de la puerta de salida del jayuyano establecimiento, vi  la imagen de una película cuya reseña leí hace cuatro meses en una revista, de esas que se venden en enormes librerías con los mismos valores neoliberales de Wal-Mart. Después de leer la reseña, me era imposible ignorar el hecho de que existe esta película y no la he visto. La fotografía estaba plasmada en un 'flyer', anunciando la exhibición de Alamar (González-Rubio, 2009) en la sala de proyección del vecino museo a las 7:00 pm del mismo día:


"A sort of Mayan-mystic Peter Pan, Jorge descends on civilization to take his darling boy away for a spring in a coastal Never Land...". (Nayman, 2010)

Mi cinefilia cafeinada me obliga a llamar a mi cafeinómana esposa para decirle que hoy miércoles, a las 7:00 p.m., vamos a ver Alamar. Parecería alquímico el café jayuyano que me tomé, pues esa misma noche González-Rubio, con su liricismo documental, me recitaría la más bella poesía que he visto sobre el amor entre un padre y un hijo.

La cámara logró captar de forma documental y poética la belleza de la comunicación humana con humanos y con la naturaleza. Después de Antichrist (Lars von Trier, 2009) se recibe con mucho gusto esta afable lectura alternativa de la naturaleza como personaje fílmico, un antídoto a la violenta misandria de von Trier.
Banco Chinchorro, reserva natural mexicana y con un valor ecológico incalculable, se presenta como la antítesis geográfica del hogar de Natan Machado Palombini (el hijo), ya que vive con Roberta Palombini (madre) en Roma. González-Rubio deja claro, en la introducción a la película, el estatus de la relación entre Jorge Machado (padre) y Roberta: una pareja separada, pero no escindida totalmente.

El vínculo es Natan, quien también dialoga con el niño que fuimos. Ello es posible gracias a la faceta documental/etnográfica de la película. Se captura lo que en apariencia es una laxa naturalidad. Detalles y eventos del diario vivir de la comunidad de Chinchorro (hogar del padre), se entretejen con el discurso paternal de la película, con una fluidez que solo es posible con la sensibilidad naturalista de un director que también filmó Toro Negro (2005).

La cámara captura a Jorge, natural historiador natural, padre y maestro. Un niño de cinco años rodeado de una metrópolis europea con su madre, ahora se encuentra rodeado de mar con su padre. No se requiere mucho esfuerzo empático para apreciar el entorno como mágico. Tampoco se requiere demasiada profundidad de lectura para entender que esta misma magia se quiere transmitir al espectador.
Para Natan, su padre era un súper héroe y Chinchorro un lejano planeta. El niño, sujeto de sus entornos y la cámara, se percibe como el medio por el cual nuestra subjetividad se identifica con la poesía fílmica de Alamar. La inmanencia del discurso del amor en la película es evidente para cualquier persona que sea hijo o padre. Se ve el papá que regaña, enseña y el papá que juega y sustenta.

Jorge Machado y Chinchorro, mi padre y Jayuya, Natan y Yo...
Alamar es un consolador recordatorio de que la experiencia de un buen padre puede ser universal.

Nota:
* El viaje al cementerio no se relata aquí, pero tuvo como resultado este post.

Referencia:
Nayman, A. (2010, primavera). Surfing on the wave of reality. Cinemascope, p. 7