martes, 10 de agosto de 2010

3:42 a.m.



Un hombre entra a la tienda. El niño, agarrado de la mano del padre, dirige una gélida mirada a la cajera. El rostro de la empleada se distorsiona, adquiriendo una involuntaria mueca que sólo se produce cuando es la última.

El hombre sale de la tienda. El padre yace sin vida en el frío piso. El último rostro que vio el niño fue el de una mujer, con todo el miedo que es posible sentir en segundos.

La barriga del padre es una almohada para la cabeza del niño sin vida. La joven empleada jamás podrá describir al hombre de la tienda, pues su mueca la inmoviliza de forma perpetua.

El terror le arrebató las palabras pero, desafortunadamente, la dejó con vida.