lunes, 19 de julio de 2010

"¿República Bananera?"

Mi organismo salió de la seguridad y del confort. Saqué a la calle mis piernas. Expuse mi cara al Sol.

Mis oídos escucharon reclamos y canciones al son de una música que es enciclopedia de emancipación y lucha. Los ritmos de las canciones de protesta fueron un legado de los esclavos.

El sudor corría por mi cara. Mi garganta se secaba (detonaciones)............

Nuevamente se oyen disparos al lado de mi casa. Me veo obligado a interrumpir mi relato sobre la marcha. Una combinación de náusea, indignación y miedo me motivan desviar mi intención previa.......

¿Cómo es vivir en un país de "primer" mundo? Esta pregunta se hace inevitable. Tampoco sé lo que es vivir en un país de tercer mundo. He experimentado una realidad escindida de la razón, pues la identidad colectiva del puertorriqueño es una adolescencia perpetua.

No soy ni de aquí ni de allá. En Latinoamérica no soy latinoamericano aún cuando hablo español. En Estados Unidos no soy americano aún cuando poseo un pasaporte estadounidense.

Vivo en Puerto Rico, en el siglo XXI. Mi actualidad es el aborto de una monja (España) impregnada por un sacerdote (Estados Unidos de América).

La situación sociopolítica es una ensangrentada y necrótica realidad, fruto de la unión entre una protractada condición colonial (500 años) y un monstruoso golem neoliberal y globalizado.

Somos el estudio de caso perfecto para poder identificar todas las patologías del colonialismo y la globalización. Puerto Rico es el pus y la mierda de un horrendo híbrido geopolítico.

Nuestro orígen es a raíz de la inmoralidad y el ultraje. Cargamos con una paradójica conciencia colectiva: el pueblo es ignorante e indiferente pero aún así percibe una patología o síntoma que no puede describir.

La condición ignota del puertorriqueño es una perplejidad sociológica. Insistimos en perpetuar nuestra enfermedad, nuestra falta de cultura, empleando eufemismos e indiferencia.

Ya no podemos acusar a los imperios de nuestra falta de educación. Razón por la cual somos culpables de que el enfermo legado histórico siga adherido a nuestra idiosincrasia.

Todavía el puertorriqueño no siente vergüenza de su patología que es precisamente la enfermedad de la puertorriqueñidad. Todavía el puertorriqueño carece de perspectiva histórica (global y local). Todavía el puertorriqueño intenta llenar su vacío de identidad con el facsímil de patriotismo que se ve en los Juegos Centroamericanos o en concursos de belleza.

Estamos colectivamente convencidos de que nuestro valor aún se limita a lo que los europeos valoraban de los animales y los negros esclavos. Aún creemos que estar educados consiste (solamente) en el adiestramiento exclusivamente técnico-científico y positivista que hace posible un químico en una farmacéutica o un astronauta en la NASA.

La sensibilidad intelectual, artística, inquisitiva y crítica de la verdadera educación universitaria no forma parte de la agenda ideológica del gobierno en turno ni de la educación de la mayoría de los puertorriqueños.

"Desafortuñadamente" lo que vale es la "utilidad", demarcada por valores neoliberales y de austeridad. Estos valores devalúan el valor humano. La indiferencia y el cinismo encuentran terreno fértil.

El "jíbaro" (de "la isla" o "del área") boqui abajo, acomplejao' y sin educación genuinamente universitaria, es el responsable de 'arar' el terreno. El puertorriqueño enfermo de puertorriqueñidad es hipnotizado por "musicales" apellidos y deslumbrado por blancos tegumentos. Baja la cabeza ante el alfa que le recuerda a sus hispanos y anglosajones amos. Se nos olvidó como ahogar a Salcedo.

Ayer participé de una marcha en repudio a la represión y a la violación de derechos civiles. Mientras escribía en relación a los eventos de la manifestación, puertorriqueños en avanzado estado de puertorriqueñidad, vaciaban sus armas de fuego.

La responsabilidad que tenemos es grande y difícil. Tenemos que gritar con una voz de razón y consciencia para tratar de ahogar los ladridos de puertorriqueños que ya no saben hablar. Tenemos que gritar con una voz de razón y consciencia para que escuchen puertorriqueños que se tapan los oídos.

La barbarie y la indiferencia son demonios que hay que exorcizar. Ya hubo huelga. Ya se levantó la voz en contra de la represión. Me veo cautelosamente tentado a hacerme la cargada pregunta: ¿Y ahora qué?