sábado, 17 de julio de 2010

Αγάπη

¿Qué es esto? ¿Qué es toda esta mierda que me rodea?

Estas fueron y son las preguntas universales que me hice ayer, niño, de forma ignota. Me las hago hoy, adulto, más ignorante aún.

¡¿Soy el "único"?! ¡¿Estoy "solo"?!...

Estas condiciones fueron mis ansiosas incógnitas...

Soy un fucking ser humano. Hoy me siento y me pienso. Mi humanidad se hace poéticamente inmanente.

Amo. Soy un romántico de mierda en la primera década del S. XXI. Una patológica y fatal condición, pues aunque amo; todavía no se qué carajo es toda esta mierda.

Me quedo sin entender por que soy una mierda rodeado de tanta mierda.

¿Será que todo esto es mierda?

¡Pero soy un romántico cojonú, PUÑETA!
No por que amo a la humanidad; pues mi romanticismo es muy fatal para considerar el Amor como una ideología colectiva.

Ya el cristianismo ha fracasado atrozmente al emborracharse con la sangre de su propia Iglesia, su pueblo. Es irónico pues el último mártir debió haber sido "Cristo". Ignoraron por completo al carpintero de Judea.

Existe la idea del amor en el cristianismo, pero la considero erosionada en el mejor de los casos. Con el actual Vaticano la considero obscena. En la Edad Media odiaban creyendo que amaban.

Me gusta más la idea que tengo yo (aunque siga teniendo residuos judeocristianos). Me resulta mejor pensar, sentir y experimentar mi propia idea del amor que tiene como influencia directa la voz de mi madre.

Como dije anteriormente, mi condición de soledad era una ansiosa incógnita. Mi apreciación del amor me hizo posible mirar a los ojos de la que hoy llamo mi esposa. No estoy solo, no soy el único. El sublime númen de los ojos de Carla es respuesta a la incógnita y sosiego a la ansiedad.

La certidumbre del amor me hace posible reír y escribir pseudocuasipensamientos sobre las incertidumbres de la existencia.

Pseudocuasipienso por que amo. Amo por que me amaron. Este monstruoso y cursi ejercicio lógico hace posible que usted lea lo que aquí se escribe.

Se que estoy vivo; amo. Se que me voy a morir; habré amado.

Este poético axioma, en este mundo de mierda, es Consuelo (el nombre de mi abuela, la que amó a mi madre).