lunes, 21 de junio de 2010

Entre la subjetividad estética y la objetividad ética.

Me encuentro en un tira y jala filosófico--y psicológico--que deja ver inquietudes éticas y estéticas. Ética para dar simetría y orden a lo social (y colectivo). Estética para hacer de la experiencia individual y subjetiva una obra de arte.

I. Subjetividad estética:

Aún hay vestigios de racionalismo que--durante todo un errático devenir académico--aportó un sistema ideológico útil y práctico. Todavía las ciencias forman parte de mi incompleta apreciación ontológica. También el entorno natural y emisor de datos sensoriales me fascina--de forma numinosa y terrible; creo que siempre fue así. La realidad tangible por mis aparatos sensoriales siempre fue un misterio. Esta condición aporta los fundamentos que aún hacen posible mi asombro ante lo terrible y sublime de la naturaleza.

Mi interés por la ciencia siempre fue de carácter estético o cualitativo; como instrumento para apreciar un fenómeno que comparto con algas, bacterias, plantas y ballenas. Recuerdo, en algún momento de mi niñez,  haber tenido conciencia de mi ser orgánico. Me di cuenta de que respiro y de que, en forma limitada por mi condición de niñez, podía manipular mi entorno. Esto provocó una curiosidad por conocer otros seres vivos, nunca para cuantificar ni medir, siempre para hacer algo que los otros seres vivos no hacían: jugar. Y es que dicha actividad, que se daba de forma totalmente individual, tiene paralelos con mi gestión en este blog. Aquí sosiego ansiedades estéticas y contemplo problemas éticos.

El juego se reemplazó por una ingenua y desorganizada contemplación del ser y de la condición humana.

A continuación se describe en qué consistía el juego en mi niñez; el juego cumplía, fundamentalmente, con un fin estético; las consideraciones morales y éticas, evidentemente, no eran exploradas al momento de jugar.



El patio de mi casa tenía una doble naturaleza: laboratorio y teatro. Tablones en los cuales G. I. Joes, Ninja Turtles y lagartijos, hábilmente atrapados, eran actores. Lo lúdico y el inconsciente eran cotidianos. Los actores antes mencionados van a jugar roles dialécticos. Mi corta percepción ya era dualista: pues ya podía reconocer villanos y héroes, amos y esclavos, seres y no seres. Además de desarrollar los rudimentos de una apreciación naturalista, también se desarrollaron las bases de percepciones éticas y estéticas.


Atrapar un lagartijo es una habilidad que el pasar del tiempo se ha encargado de borrar, pero, una vez el lagartijo estaba en mis manos, este ser vivo que provocaba tanta curiosidad proto-científica, se transformó en objeto de juego. Un envase de agua--tapado, con el reptil adentro, después de haber estado varias horas en el congelador--era el mejor juguete que ninguna tienda pudiera vender. Ya no era un lagartijo, era un dinosaurio jurásico; encontrado por una expedición de machos alfa bélicos y de plástico; héroes paradigmáticos, paladines de la moral y la ética angloamericana.

El juego en mi niñez era fin y medio en si mismo. El fin del juego era aprender de forma empírica; para poder seguir jugando. Pero como a todo niño le ocurre, la escuela se convierte en un agente invasor que desplaza al juego y al aprendizaje empírico; reemplazándolos con una sobredosis de lógica y racionalidad. De no ser así, el enmarcado ético de un niño queda desprovisto de integridad estructural.

Aún así, reconozco que este evento tuvo un resultado séptico. Demás está decir que el desarrollo lógico matemático no se dio como se espera en las pruebas estandarizadas--tan frías y cuantitativas.
Es inevitable reprimir un continuo repudio al hegemónico carácter racional, que no se puede escindir del quehacer técnico-científico. Dicho repudio, ¿se pudiera deber a condiciones afectivas y emotivas que tienen su origen en mi niñez? ¿Soy un adulto infantil, o fui un niño adulto?

Asoma su cara, nuevamente, la dualidad. Niñez/estética y Adultez/ética. Una niñez/estética me recuerda que existe una cara de la moneda del ser con sensibilidades estéticas e irracionales. La adultez/ética me muestra otra cara con un perfil positivista, técnico-científico y racional.



II. Objetividad ética:



Confieso que mis aspiraciones académicas y las relaciones interpersonales me obligan a utilizar las herramientas prácticas y racionales que provee la adultez/ética. Cumplir con una normativa social y psicológica asfixia la irracionalidad, tan necesaria en el quehacer artístico y su apreciación (particularmente aquellas expresiones artísticas de la actualidad).


El dilema existencial reside en ésta lucha kierkegaardiana; esto o aquello, Enten-Eller, Vilhem o A. Sin embargo, considero la inmanencia del dilema como evidencia de que aún existe un etéreo vestigio de salud mental. De no ser así, por lo menos me consuela el hecho de que una crisis existencial o psicológica es un motor creador. Mi niñez/estética, afortunadamente, late en mi maniqueo ser. 


Según se relató anteriormente, las aspiraciones académicas disponen de la ya mencionada racionalidad adulta, de la rigidez lógico matemática. La irracionalidad que pudiera proveer de combustible creador a un artista, se convierte en un capricho en la praxis social colectiva. La racionalidad tiene una evidente e ineludible utilidad para apreciar el ser humano como un organismo social.


Éste argumento tiene como resultado una problemática paradoja: el ser individual, en su irracionalidad estética, se encuentra más próximo o cerca de su humanidad, por otro lado, la colectividad, vista desde una óptica racional/científica, se asemeja a las agrupaciones sociales y jerárquicas de organismos no humanos. En otras palabras, la contemplación existencial devela, angustiosamente, el individuo. La compartamentalización y la racionalidad, convenientemente, nos insertan en "lo natural", "lo predecible", "lo simétrico", lo que se puede medir.

Dicho esto, es inevitable aceptar que desde una óptica racional podemos percibir los triunfos de la humanidad, sin embargo, el triunfo adulto y ético de la racionalidad no atiende la ansiedad irracional, estético-infantil e individual. La religión intentó corregir esta irracionalidad individual de forma rígida, colectiva y, paradójicamente, racional. Nietzsche tenía razón; Dios esta muerto, pues la religión, para muchos, es incapaz de sosegar la ansiedad estético infantil. Aún así, dicha ansiedad puede ser el combustible del cual se nutre la llama de la existencia.

De forma colectiva ignoramos alternativas, inmediatas e incógnitas, a nuestra moderna conformidad híper tecnológica. Conforme, cómoda y arrogante estuvo la humanidad en una oscuridad aristotélico - escolástica; conforme, cómoda y arrogante se encontró la humanidad en una ceguera, producto de los destellos deslumbrantes de la Ilustración, que quemaron las retinas colectivas y metafóricas. En el pasado carecíamos de luz teniendo ojos, hoy día, nos sobra la luz, pero nos faltan los ojos.

No nos queda otro remedio que percibir con aparatos sensoriales alternativos.
Si en algún momento, no saber causó ansiedad y barbarismo, hoy día,  saber genera las mismas condiciones antes mencionadas, matizadas con una arrogancia teñida de positivismo. La humanidad se maravilla de su propia racionalidad mientras gesta, de forma irracional, todos los eventos que en algún momento puedan interrumpir la capacidad, ya sea colectiva o individual, de maravillarse. Cierto es que ésto delata un racionalismo débil, imbuído de neo-romanticismo, que devela una ingenua contemplación existencialista.

¿Será posible que la actualidad y las circunstancias político-sociales motiven a oscilar filosóficamente? ¿Dicha oscilación es una patología psicológica? ¿O simplemente me niego a crecer?

Si crecer significa adherirme a la adultez/ética contemporánea, prefiero congelar lagartijos.