martes, 11 de mayo de 2010

Los fantasmas, el pasado y la actualidad.

Vivos y muertos comparten un mismo espacio teniendo de frente al mar. Los muertos en un cementerio y los vivos en una barriada. Cementerio con un prolongado desfilar de apellidos que evocan al Norte, a Europa y a la Isla detrás de las murallas. Una escala cromática constituida de grises, blancos y negros pintan el panteón. Verde, turquesa y arcilla enmarcan las tumbas.

Gobernadores, políticos diestros y siniestros, artistas conocidos y civiles ignorados; tertulian en esta necrópolis. Anhelan sentir la brisa y el olor del salitre nuevamente. Están cansados de descansar, no quieren dormir más.

El frío marmóreo y la textura erosionada de una tumba se perciben con mi tacto. El ir y venir de la de la cinética oceánica es paralelo al nacer y morir de la vida. La percusión de las olas es música continua que los inquilinos de María Magdalena de Pazzis ya no pueden escuchar.

El tiempo los ha visto dejar de ser. Nosotros los que aquí nos quedamos jamás podremos percibir la imagen que refleja el Espejo Negro. Este mismo hecho motiva el ser individual y al colectivo a seguir. La vida duele, pero el no saber que viene después, hace posible que sigamos resistiendo. La muerte y la vida es una relación dialéctica imposible de imbuir de conmensurabilidad. Pero insistimos en conciliar estos extremos. El intento por resistir el embate del tiempo y el acecho de la Muerte, nos motiva a acudir al animal instinto de conservación. En las masas se diluye un ingrediente que ya se nos hace muy difícil percibir.

Los vecinos de la necrópolis magdalena experimentan de forma íntima la apática faz de un colectivo que ignora las voces de los fantasmas. El grito ensordecedor de la ignorancia ahogan las tenues y musicales voces que salen de sus gargantas. No debe sorprender el hecho de que sea fácil percibir nuestras impotencias y arrepentimientos.

La dialogicidad con los grandes es interrumpida. Perdimos el áureo hilo que nos ató. A nuestras nuevas preguntas y ansiedades no les podemos proveer de respuestas y sosiegos porque somos incapaces de despojarnos del cinismo, tan útil para sostener nuestras mentiras e ignorancias.
Hemos reemplazado curiosidad por miedo. De esta forma la intolerancia adquiere una normativa cotidianidad.

Estas intolerancias, miedos, cinismos e ignorancias - unas veces domésticas otras veces foráneas -originan eventos que develan de forma simultánea nuestras virtudes y vicios. Nuestros logros se nutren de la muerte y del no ser del otro. Nuestros fracasos los llevamos a cuestas y carecemos de la voluntad para corregirlos.

Hemos ignorando los fantasmas que hablaron e insistimos en perpetuar los ladridos que han reemplazado las palabras, nuestra actualidad temporal espacial y el incognoscible futuro serán necrópolis sin voces y sin lágrimas.